La comunicación hoy día es importante, una necesidad, un estilo de vida. Tenemos más medios de comunicación, teléfonos inteligentes, internet inalámbrico, dispositivos GPS, computadoras de altas capacidad en el procesamiento de datos. Estamos dejando a un lado los famosos medios de comunicación masivos (radio, televisión y prensa escrita) y llegamos a la era digital donde cada persona puede decidir qué, cuándo y dónde ver y escuchar sus programas favoritos, oír la música que prefiere sin interrupciones de comerciales ni comentarios.

Al mismo tiempo que crecen los medios de comunicación, nos comunicamos menos. Parece contradictorio pero la verdad es que la comunicación es más que informar, subir fotos a nuestro sitio de facebook o chatear, twitear, taggear las 24 horas no significa que nos comuniquemos por lo menos de forma efectiva y significativa.

Me resulta curioso, cuando paso por algún parque, centro comercial, incluso en la discoteca y veo a los jóvenes con los amigos, muchos tienen en las manos uno de esos famososSmartPhone que últimamente se han puesto tan de moda y uno que otro enviando mensajes desde sus guaya hielos. Me fijo en que están sentados juntos en un banco, pero cada cual mirando a la pantalla de su propio teléfono y dale que te pego a las teclas. Y entonces me pregunto, ¿y para qué se juntan? Podrían estar cada uno en su propia casa, ya que la comunicación virtual parece más importante para ellos que la real.

Da la impresión de que eso de charlar mirándose a los ojos ha pasado a la historia. Cada vez más, todos andamos pegados a los teléfonos enviando mensajitos y whatsapp. No quiero decir que los últimos adelantos tecnológicos en el mundo de las comunicaciones no sean útiles e interesantes, pero sí me cuestiono el grado de deshumanización y aislamiento que provocan cuando se convierten en una adicción. A mí me parece que cuando uno está acompañado de otras personas, estar pendiente de un teléfono es una falta de respeto a los que están delante, una manera de decirles implícitamente “Me importas un pimiento”. Eso de llegar a un sitio y sacar inmediatamente el teléfono para ver si hay wi-fi, me da la impresión de que es no valorar en absoluto la compañía de aquellos con quienes estás físicamente.

También un desinterés por las actividades a las que asistimos, como las reuniones o el cine que mientras están en la sala no se concentran ni en la conversación del teléfono ni en la película que representa una inversión de tiempo y dinero, al final no es ni uno ni otro.

Por eso me ha parecido tan buena idea algo que últimamente he leído en la prensa: un grupo de jóvenes en EEUU han iniciado un movimiento de “arts and crafts” (manualidades, diríamos en cristiano), donde chicos y chicas organizan reuniones para hacer punto y otras labores creativas, mientras comparten ideas y se cuentan su vida en vivo y en directo. Se trata de una iniciativa que vuelve sus ojos al pasado para recuperar aquella costumbre de nuestras abuelas de juntarse a coser en un corrillo, o lo que ellas llamaban “hacer calceta”, mientras charlaban, se contaban sus problemas y, a veces, rezaban juntas el rosario. Este movimiento tiene que ver con la preocupación por el reciclaje y el medioambiente, y fomenta otro tipo de consumo basado en el “hazlo tú mismo”, pero yo pienso que acaso sea también una excusa para recuperar esas relaciones personales que se han diluido con los teléfonos móviles.

Quizá puedan plantease la posibilidad de quedar alguna vez para hacer calceta y puede que hablen más entre ustedes. Y quien dice hacer calceta, dice comer castañas: la cosa es que ocupen las manos en algo que no sea apretar teclas compulsivamente para empezar a comunicarse de verdad con los ojos, con la palabra y con el corazón.