El desafío de la Globalización

El desafío de la Globalización

“Surgido en los países económicamente desarrollados, el proceso de globalización ha implicado por su naturaleza a todas las economías. Ha sido el motor principal para que regiones enteras superaran el subdesarrollo y es, de por sí, una gran oportunidad. Sin embargo, sin la guía de la caridad en la verdad, este impulso planetario puede contribuir a crear riesgo de daños hasta ahora desconocidos y nuevas divisiones en la familia humana”.
Benedicto VI


Panorama de la globalización
La globalización se nos presenta como “el proceso de interconexión financiera, económica, sociopolítica, que, gracias a las tecnologías de la información y la comunicación, relaciona a las personas y las organizaciones, favoreciendo tanto la relación como la exclusión”.


Para muchos países y grupos sociales, la globalización se ha convertido en un peligro, por estas razones:
- Si se da la unificación de capitales y mercados, el crecimiento económico apetecido no es uniforme para todos los pueblos. Subsisten dramáticas diferencias entre los países desarrollados y los países en vías de desarrollo.
- Tampoco es uniforme el crecimiento económico y el disfrute de los bienes sociales en el seno de un mismo país desarrollado.
- Los mecanismos que promueven y gestionan la globalización económica son con frecuencia un poderoso instrumento en unas pocas manos, pero capaz de manejar a grandes multitudes.
- Los dirigentes de la globalización tienden a unirse creando grandes multinacionales con un poder enorme, a veces superior al de los Estados soberanos. La globalización puede acabar con la democracia liberal y dañar la promoción y la tutela de los derechos humanos.
- Mientras para los países ricos la globalización es un bien, para los pobres se presenta como la amenaza de nuevas formas de colonización.
- La globalización de la economía lleva consigo una globalización de la cultura. Unos pocos centros de influencia internacional difunden e imponen una cierta comprensión de la vida, unos nuevos (anti)valores y estilos uniformes de vida, un “nuevo modo de pensar, de comportarse y de comunicarse”.
- Finalmente, a la globalización de la economía no corresponde todavía una globalización de los valores ni de los instrumentos para convertirlos en reales. En particular, se echa de menos una difusión universal del valor de la solidaridad.

 

Valores y antivalores de la globalización
En nuestros días, la globalización se ha convertido en un hecho, en un ideal y en un riesgo. Es, en primer lugar, un hecho. A partir de la caída del muro de Berlín se ha impuesto en todo el mundo el esquema económico de la competencia libre, que pretende basarse en el juego de la oferta y la demanda que rige los mercados.


Es también un ideal. Se piensa que una economía de libre mercado ha de ayudar a elevar los niveles de producción, desarrollo y distribución de los bienes y servicios. La globalización se percibe como el escenario para la realización de la libertad de autonomía. Pero es, además, un riesgo. La globalización podría favorecer una sociedad del bienestar y la justicia, pero incluye con frecuencia la falta de equidad en el reparto de los recursos mundiales. Hasta los países desarrollados esconden dramáticas bolsas de pobreza.


La globalización puede considerarse en principio como un fenómeno ambiguo y polivalente. En la exhortación Iglesia en América (1999) el Papa Juan Pablo II afirmaba que si la globalización se rige por las meras leyes del mercado, aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas.


La primera de ellas sería la atribución de un valor absoluto a la economía, el desempleo, la disminución y el deterioro de ciertos servicios públicos; la segunda, la destrucción del ambiente y de la naturaleza; y la tercera, el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad cada vez más acentuada.


Con frecuencia subrayamos las suspicacias que surgen por todas partes contra el fenómeno de la globalización. Sin embargo, según el mismo Papa, desde el punto de vista ético, la globalización puede tener una valoración también positiva.


Una primera consecuencia positiva sería el fomento de la eficiencia y el incremento de la producción; como segunda se cita el desarrollo de las relaciones entre los diversos países en lo económico, que puede fortalecer el proceso de unidad de los pueblos; y la tercera consecuencia positiva sería la posibilidad de realizar mejor el servicio a la familia humana.


La impresión que queda flotando en el ánimo de las gentes y aun en los informes de las agencias internacionales es que la globalización de la economía ha aumentado notablemente las diferencias entre ricos y pobres. De hecho, ha dejado a poblaciones enteras al margen de las ventajas que conlleva el espectacular aumento de bienes y de servicios ofrecido por las nuevas tecnologías.


Globalizar la solidaridad
No deberían molestarnos la globalización de la economía o de la política. No deberían molestarnos si antes procedemos con claridad y con valor a poner en vigencia un prerrequisito que cambia el signo de las cosas. Ese prerrequisito es la globalización de la solidaridad.


Si esta globalización no tiene lugar, todas las demás facetas de la globalización nos van a destruir. Globalización económica sin globalización de la solidaridad es el suicidio de los pobres y, por tanto, de la mayoría de la humanidad.


Todavía recuerdo cuando, en el Sínodo de América, el Santo Padre Juan Pablo II perfiló esta idea; fue clarividente, tenía la capacidad de ver más allá de la historia. Ésta ha demostrado a todos que la globalización sin valores es una globalización sin valor. No podemos continuar con la ceguera; estamos marchando no solo a la globalización de los mercados, lo que significa la concentración de la riqueza, sino a la globalización de la pobreza, que significa aceptar que, para los pobres, la esperanza fue ajusticiada.


Una mirada detenida sobre el mundo nos debe llevar a pensar que la primera gran lucha es contra la miseria, contra el egoísmo, contra la indiferencia, contra el conformismo. Es preciso entenderlo: ¡la pobreza es el mayor enemigo de la paz.